sábado, 3 de julio de 2010

CINE EN CATALÁN... COMO PONER PUERTAS AL CAMPO

El pasado miércoles, el Parlament de Catalunya aprobó la nueva ley del cine en catalán, por la cual obliga al sector a exhibir en catalán el 50 % de las películas que se estrenen a partir del próximo 1 de Enero.
Una ley que nace envuelta en la polémica, y no sin razón.

El cine, como toda industria, es una actividad que está sujeta a la oferta y a la demanda, por mucho que se diga que se debe regular por ser una actividad cultural. Ahí radica la raíz del problema: tenemos una clase política que todo lo quiere regular, da la sensación de que así siente que ejerce con mayor intensidad su autoridad, y sin embargo no acierta a ver que el ciudadano de a pie no va a hacer lo que se le diga, y mucho menos en un caso como el que nos ocupa en el cual se trata de una actividad de ocio, sino que hará lo que le parezca más conveniente ó lo que más le apetezca.

Lo que está meridianamente claro es que existe un amplio rechazo a pagar por ver un estreno doblado al catalán. La mayoría de las salas que exhiben un film en los dos idiomas simultáneamente, se encuentran con la sala de castellano a rebosar, y la de catalán semivacía sobre todo si se trata de películas muy taquilleras.

Si a ésto añadimos que los exhibidores y los distribuidores están en contra de la aplicación de esta normativa, ya podemos deducir que la situación a la que nos dirigimos es bastante peliaguda.  ¿Que pasará a partir de ahora?, pues que como ya han indicado las majors norteamericanas, muchas películas no llegarán a doblarse, y ni siquiera se estrenarán en Catalunya; gráficamente han indicado que si queremos los catalanes ver la próxima peli de Piratas del Caribe, que tendremos que ir a verla a Zaragoza,  (como cuando en tiempos del franquismo, los catalanes iban a Perpignan a ver "El último tango en París"), por no hablar del agravamiento que va a suponer para un sector ya bastante castigado por la cultura de la descarga de Internet, del top manta, etc..

En fin, una situación totalmente kafkiana, provocada por la enfermiza obsesión de nuestros gobernantes de legislarlo todo, intervenir en todo, y no dejar libertad para que el mercado haga lo que crea más conveniente.

No se dan cuenta de que el ser humano, por naturaleza, suele sentirse atraído a rechazar lo que le imponen, ó a escoger aquello que le prohiben.

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